ROMA, LOS MUSEOS CAPITOLINOS DEL CAMPIDOGLIO

ROMA, LOS MUSEOS CAPITOLINOS DEL CAMPIDOGLIO

“…ahora Roma era la capital de la cristiandad, una nueva forma de imperio que necesitaba investirse de prestigio y, qué mejor forma para hallar prestigio que en los vestigios de la propia historia romana.”

Por Josep M. Roselló

En 1538, el maestro Miguel Angel Buonarotti recibió el encargo de dignificar el descuidado Monte Capitolino que en nada recordaba al centro neurálgico de la capital que fue en tiempos de la República y el Imperio Romano. Este promontorio, había albergado el templo dedicado a Júpiter, lugar donde residieron los dioses protectores de la ciudad y del cual aun podemos apreciar un tramo de los muros que delimitaban el edificio en la anexa Sala del Techo de Cristal de estos fascinantes Museos Capitolinos.

La urbanización de la plaza, su pavimento y la monumental rampa de acceso que hoy vemos, es el producto de la proyección de Miguel Ángel, a pesar de que jamás vería culminada su obra. Los arquitectos que le sucedieron respetaron en gran medida el proyecto original, de tal forma que, en la Plaza del Campidoglio se yergen tres palacios: Nuevo, Senatorial y de los Conservadores. Estos edificios iban a ser la sede de diversas obras y colecciones artísticas así como piezas arqueológicas que, paulatinamente, serían donadas o en cierta forma, devueltas a la ciudad de Roma y que hoy conocemos como Museos Capitolinos.

EXTERIORES Y PATIOS
Fue el Papa Sixto IV en 1471, quien inició la tradición de hacer donaciones de piezas de arte a la ciudad que, probablemente, consideró que eran de orden menor, acaso porqué muchas de ellas pertenecian al periodo pagano. La primera entrega fue la cabeza de bronce de Constantino, la Loba, el Espinario y el Camilo. Él mismo y después sus sucesores, continuaron aportando obras hasta que se instituyó la idea de que era necesario rehabilitar la memoria de la antigua grandeza de la ciudad y la importante repercusión que ésta tuvo en el mundo. Ahora Roma era la capital de la cristiandad, una nueva forma de imperio que necesitaba investirse de prestigio y, qué mejor forma para hallar prestigio que en los vestigios de la propia historia romana.

De esta forma, las vetustas ruinas romanas y las delicadas obras de arte que se habían podido conservar tras la barbarie del siglo V, iban a ser esenciales en ese planteamiento que rememoraba la urbe como capital del más grande de los imperios de la Antigüedad. Con todo ello, la Iglesia también conseguía otro efecto trascendente, al reivindicar para sí el papel de patrocinador y custodio de la cultura y el saber, que tras la debacle y el caos que siguieron a la caída del Imperio (1), se postulaba como garante del arte, los conocimientos y la ciencia. Con ello se conseguía, como se ha visto a lo largo de la Historia, ejercer el poder de enjuiciar o decidir sobre el reconocimiento de cualquier nueva obra artística, propuesta o incluso, descubrimiento científico; en definitva, una forma más de ejercer poder y control.

OBRAS DIVERSAS
Con sus donaciones el Papado se convirtió en una de las principales fuentes de suministro para las colecciones capitolinas; en realidad, la iglesia entendió que devolver a un plano dignificante el pasado romano, por más pagano que hubiera sido, no hacía otra cosa que prestigiar el presente de este nuevo imperio transnacional, cuya capitalidad volvía a residir en la mítica Roma.

Mientras la pujante curia se deshacía de piezas relacionadas o alusorias a los periodos precristianos, éstas agrandaban paulatinamente el fondo capitolino que al paso de las épocas cobrarían un valor incalculable. Muchas de ellas habían sido halladas en excavaciones, mimetizadas entre ruinas o enterradas bajo la escoria. Casi todas las que aquí se hallan expuestas son de factura romana, pero imitadas de modelos originalmente griegos. El destino quiso que cuando los originales griegos desaparecieron, quedaran las copias romanas y gracias a ellas conocemos hoy, buena parte del arte y la historia que protagonizaron los griegos.

ESTATUAS Y BUSTOS
Los primeros siglos de nuestra era fueron prolíficos en la producción de éstas y muchas más obras de arte en Roma, la cual aspiraba a emular el prestigio del arte y el pensamiento griegos como un modelo a seguir. Las piezas de diversas épocas (incluída la etrusca –Salas Castellani del Palacio de los Conservadores–), que hoy podemos admirar en los Museos Capitolinos son estatuas, bustos, lápidas, estelas, sarcófagos, cerámicas, enseres cotidianos, mosaicos, tapices y blasones; pero también piezas de otros ámbitos y épocas como una notable pinacoteca renacentista.

Los materiales marmóreos profusamente diseminados por estos palacios en formas de bustos, estatuas, columnas, escaleras y otros objetos transmiten un inevitable ambiente de frialdad, pero estas señoriales estancias también poseen una luz especial, acogedora, tal vez por la sensación de venerable antigüedad que desprenden tanto las obras de arte como los edificios que las albergan.

Para los que ya conozcáis los Museos, este trabajo es solo un recordatorio, esperamos que amable y evocador de vuestro paso por ellos; para los que aún no conocéis la ciudad del Tíber, recordaros que, cuando lo hagáis, la visita a los Museos Capitolinos es inexcusable.

 

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